Esclavitud infantil

Millones de niños trabajan como esclavos en el mundo. Cada minuto son más los menores que trabajan por un mísero sueldo para ayudar a la precaria economía familiar. Las cifras en Asia superan los 100 millones de niños explotados en África la situación es similar.

Las causas, las encontramos en la pobreza extrema, analfabetismo y hábitos sociales convirtiendo el trabajo de la infancia en uno de las lacras principales del siglo XXI. Tailandia, Indonesia, China, India, Haití, Filipinas y Egipto encabezan el ranking de países con un mayor índice de explotación infantil.

El sector textil, representa más de la mitad de las exportaciones de los países asiáticos, emplea a millones de niños con sueldos equivalentes a un tercio del salario base de un adulto. La mayor parte del material deportivo del mundo –pelotas de fútbol, zapatillas, ropa, se producen con el trabajo de niños pakistaníes, las plantaciones de plátanos de Centroamérica, las de azúcar de Brasil, emplean a menores para cortar o cavar y los saris indios, los elaboran “artesanalmente” niños que trabajan desde los cinco años, ganan diez rupias como mucho y sufren riesgos laborales, amenazas y abusos.

Prostitución, pornografía infantil, venta de niñas y agencias de viajes que preparan turnes con oferta sexual de menores incluida. Mas los cerca de ochenta millones de pequeños que trabajan en las ciudades, recogen basuras, hacen de “animales de carga” o empleados domésticos y los pequeños que viven en la calle sujetos a la violencia, alcohol y drogas.

Datos sobre la esclavitud a nivel mundial

esclavitud infantil a nivel mundialSegún la organización “Save the children”, actualmente hay unos 218 millones de niños trabajadores en el mundo, con edades comprendidas entre los 5 y los 17 años. Unos 126 millones, realizan trabajos peligrosos y unos 8 millones y medio están atrapados en las peores formas de trabajo ilegal, degradante y peligroso, en condiciones consideradas como esclavitud.

Alrededor de 40 millones de niños y niñas son sirvientes domésticos en todo el mundo. De hecho, el trabajo doméstico es la primera ocupación para las niñas trabajadoras de menos de 16 años. Algo que, en muchas ocasiones, se lleva a cabo de manera clandestina.

La principal novedad del informe es que la esclavitud infantil en tareas domésticas no sólo se lleva a cabo en países de América, Asia, África o Europa del Este. En lugares como Francia o Reino Unido se obliga a “niñas africanas a trabajar como esclavas domésticas”.12

 

La esclavitud infantil en China

Trabajan entre 14 y 18 horas. Tienen 15 minutos para comer y cuatro horas para dormir en cuchitriles situados en las mismas fábricas. Al anochecer, las trabajadoras son registradas para comprobar que no han robado nada. Con puertas de metal y barrotes en las ventanas, estos talleres son como un cuartel militar. Así es como los chinos son competitivos.

Montar, empaquetar, montar, empaquetar, montar, empaquetar,… Las 600 jóvenes trabajan como robots, sin levantar la mirada, darse un respiro o hablar entre ellas. Todas han llegado del campo tratando de salir de la pobreza y aquí están, montando y empaquetando muñecos de plástico, entre 14 y 18 horas al día, 15 minutos para comer, permisos reducidos para ir al servicio y cuatro horas para dormir en los cuchitriles situados en la última planta de la fábrica.

La ruidosa sirena anuncia el nuevo día mucho antes de que amanezca. Las empleadas saltan de la cama, se ponen las batas y forman en línea antes de correr escaleras abajo hacia sus puestos. La gigantesca nave está situada en las afueras de Shenzhen, la ciudad más moderna del sur de China, rodeada de otros almacenes parecidos, más o menos grandes, algunos con más de 5.000 empleadas.

En China se las conoce como dagongmei o chicas trabajadoras. Jóvenes y adolescentes dispuestas a producir, producir sin descanso los jefes descuentan la comida y lo que llaman “gastos de alojamiento”. Las cientos de miles de factorías de mano de obra barata repartidas por todo el país son la otra cara de ese made in China que ha invadido las tiendas de todo el mundo, desde los artículos de las tiendas de Todo a un euro a las lavadoras o la ropa de marca. Las fábricas son su casa, su familia, su celda.

Cada trabajadora es registrada al finalizar la jornada para comprobar que no se ha llevado ninguna unidad de los juguetes, llaveros, gorras o cualquier otra cosa que estén fabricando dentro del sinfín de productos elaborados a precio de saldo.

Si quebrantan las reglas internas o no rinden al nivel esperado, un sistema de penalizaciones permite a los jefes reducir el sueldo o los ocho días de vacaciones que se conceden al año. Miles de empresas estadounidenses y europeas -entre ellas medio centenar de españolas-subcontratan fábricas chinas similares a esta para llevar sus productos a Occidente al mejor precio.

“Si no fuera así, no sería rentable y nos iríamos a otro país”, reconoce un empresario estadounidense que mantiene cerca de 40 talleres en el delta del río de la Perla, donde trabajan seis millones de niños. En la entrada de la factoría de Jiaozhou, en la provincia de Shandong, se puede leer su famoso lema: “Just Do It” (Simple-mente, hazlo).

Dentro, 1.500 jóvenes, siempre menores de 25 años, trabajan 12 horas al día, según el NLC. Se trata de una pequeña parte de los más de 100.000 chinos que fabrican prendas deportivas en todo el país, a los que hay que sumar 70.000 personas en Indonesia y 45.000 en Vietnam.

“Con su puerta de metal y sus barrotes en las ventanas, la fábrica se parece más a un cuartel militar que a una factoría”, asegura en su informe NLC, que describe como “papel mojado” los códigos de conducta creados por las multinacionales.

Pero son las fábricas de productos Todo a un euro, gestionadas y explotadas por empresas chinas y otras por empresarios extranjeros, las que peores condiciones tienen. La presión para abaratar los precios es mayor y detrás del negocio suelen estar compañías desconocidas que no tienen que cuidar su nombre. El lema es producir mucho, barato y rápido.

La situación en China es especialmente desesperante para las víctimas de los abusos porque el gobierno comunista mantiene la ilegalización de sindicatos y asociaciones de trabajadores. “Aquellos que tratan de unirse para defender los derechos de los trabajadores son encarcelados.

Las dagongmei, abandonadas a su suerte y sin nadie que las defienda, trabajan hasta que sus cuerpos aguantan y después regresan a sus pueblos con lo puesto. El perfil de la “chicas trabajadoras” de China es casi siempre el mismo: jóvenes de entre 14 y 25 años, sin estudios secundarios y dispuestas a enviar más de la mitad de su sueldo a sus pueblos de origen. Muchas, cada vez más, terminan dejando las factorías para prostituirse.

“Es mejor que trabajar en la fábrica”, dicen las muchachas que ya han dado el paso y ofrecen sus cuerpos abiertamente en las calles del centro de Shenzhen. No se sabe hasta qué punto el pueblo chino está pagando con sudor y con lágrimas que la ropa, los electrodomésticos o los juguetes que compran los occidentales se vendan lo más barato posible.

Así suena la matraca incesante de la ley del made in China: montar, empaquetar, montar, empaquetar.