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ABUSOS SEXUALES A MENORES

El abuso sexual infantil es un problema difícil de erradicar

Los abusos sexuales a menores constituyen una problemática que va más allá de las fronteras de los estados, de las culturas y de los diferentes estratos sociales . La primera alusión a esta problemática la encontramos ya en los escritos de Freud, que a principios del siglo pasado fue el primero en reconocer los abusos sexuales a menores y plantear las graves consecuencias que ello conllevaría para el adecuado desarrollo psicológico de las niñas y los niños.

abuso sexual de menoresPero su posterior retractación a favor de la hipótesis de la fabulación, en función de la cual Freud defendía que estas experiencias no habían ocurrido realmente, sino que eran fantaseadas por los propios menores, favoreció la inhibición social que caracterizó las siguientes décadas. Inhibición social a la que también contribuyó el desinterés mostrado por los influyentes trabajos de Kinsey, Pomero y Martín, quienes a pesar de haber constatado que el 24 % de las mujeres de su muestra manifestaban haber sufrido abusos sexuales en la infancia, trivializaron sus efectos afirmando que no encontraban razones justificadas para explicar las consecuencias negativas de estas experiencias.

De esta forma, el abuso sexual infantil ha sido una de las tipologías de maltrato más tardíamente estudiada, centrándose los estudios de maltrato a la infancia casi exclusivamente en los malos tratos de tipo físico.

A lo que sin duda ha favorecido la ausencia, en no pocas ocasiones, de un daño físico visible. No obstante, la creciente incidencia de los abusos sexuales a menores a partir de la década de los sesenta, y las condiciones sociales y científicas que se alcanzan en la década de los setenta con el reconocimiento de los derechos y necesidades específicas de los menores, permiten dirigir hacia esta problemática un significativo interés, cuya mayor eclosión se producirá durante la década de los ochenta y sobre todo durante la década de los noventa.

A continuación haremos un breve recorrido sobre las cuestiones clave de esta problemática internacional, de forma que nos permitan un mayor acercamiento y compresión de la misma.

Aproximación conceptual del abuso

El abuso sexual es una forma de violencia que atenta, no sólo contra la integridad física, sino también psicológica del/a menor. En este sentido, un abuso sexual constituye un acto sexual impuesto a un/a menor que carece del desarrollo emocional, madurativo y cognoscitivo para consentir en dicha actividad.

No obstante, a pesar de la contundencia de estas premisas, no existe un criterio inequívoco y consensuado, aceptado por toda la comunidad científica, sobre lo que debe o no considerarse como abuso sexual a menores.

En este contexto de disenso, destacan, sin embargo, tres importantes criterios que delimitan el abuso sexual: El primer criterio hace referencia a la asimetría de edad, de forma que entre el/la menor y el agresor/a debe existir, por lo menos, una diferencia de cinco años, que, en función de los casos, alcanzará un rango de diez años cuando el/la menor tenga más de 12 años, y siempre considerando la edad del agresor/a no inferior a 15-17 años (8, 9); aspecto que, como veremos, no está exento de controversia, ya que en los últimos años la elevada incidencia de los abusos sexuales cometidos por adolescentes sobre otros/as menores está haciendo replantear este aspecto y la necesidad de considerar que las agresiones sexuales se pueden llevar a cabo incluso por otros/as adolescentes .

El segundo criterio hace referencia al tipo de estrategias de coerción que pone en juego el agresor/a para someter a la víctima, que implican la utilización de presión o engaño, la sorpresa e incluso la seducción, y en un menor número de casos la fuerza física .

Por último, el tercer criterio se refiere al tipo de conductas sexuales que se mantienen, considerándose que deben incluirse todas las formas manifiestas de conducta sexual con o sin contacto físico, incluyendo contacto anal, genital u oral, caricias sexuales, peticiones sexuales, pornografía o exhibicionismo (9,12, 13). No obstante, de los criterios clave para delimitar el abuso sexual, la coerción o el carácter de imposición es, en palabras de Echeburúa, De Corral y Amor, el que permite “recalcar la diferencia entre una agresión sexual y el sexo-juego entre menores de la misma edad o similares” impidiendo que su desarrollo sexual se lleve a cabo en sintonía con su edad cronológica”.

Incidencia y Prevalencia

La incidencia de los abusos sexuales a menores hace referencia al número de casos nuevos ocurridos durante un determinado período de tiempo. En este sentido, los datos relativos a la incidencia son muy escasos y se encuentran muy limitados, fundamentalmente porque la mayoría de los casos de abusos sexuales no son denunciados en el momento que ocurren, especialmente cuando suceden en el ámbito familiar.

De esta forma, en la mayor parte de los trabajos llevados a cabo sobre abusos sexuales a menores, las víctimas ponen de manifiesto no haber confiado lo sucedido a nadie, constatándose además, que los/as menores que denuncian la situación abusiva no lo hacen espontáneamente, sino que requieren la colaboración de otra persona .

De esta forma, los estudios que analizan la incidencia, la sitúan en un rango inferior al 1% (20). De modo que la prevalencia, es decir, el número de personas adultas que manifiesta haber sufrido abusos sexuales en la infancia, se convierte en una estrategia más fiable para establecer la verdadera extensión y alcance del problema.

En relación a la prevalencia, el único estudio de ámbito nacional llevado a cabo hasta el momento en nuestro país ha sido realizado por López et al. (21) con una muestra de 2000 personas elegidas aleatoriamente de la población general. En esta investigación se comprueba que el 18,9% de la muestra había sufrido algún tipo de abuso sexual durante su infancia, de los cuales el 22.5 % eran mujeres y el 15.2 % eran hombres, con una edad situada entre los 12 y los 13 años en un 25,2% de los casos.

Este estudio fue posteriormente recogido por Finkelhor en su estudio internacional en 21 países en relación a las agresiones sexuales a menores, constatándose una tasa de abusos sexuales a menores en EE.UU. de un 20 % de mujeres y un 10 % de hombres, muy cercana a la obtenida en España.

De hecho, esta investigación internacional concluye que España es con EEUU el país en el que se constatan los porcentajes más elevados de abusos sexuales a menores. Dato que corroboran estudios más recientes a nivel internacional. En base a estas investigaciones con muestreos representativos podemos concluir que entre un 20-25 % de las mujeres y un 10-15 % de los hombres han sido víctimas de abusos sexuales durante la infancia.

 

Perfil de la víctima y del agresor/a de abuso sexual

Tal y como hemos visto en las investigaciones anteriormente mencionadas el perfil de la víctima es el de una niña, con una franja de edad comprendida entre los 6 y los 15 años, observándose un mayor incremento entre los 12 y los 15 años, al ser esta etapa la que se corresponde con el mayor desarrollo puberal (21, 26).

No obstante, en relación a la edad el reciente estudio de Pereda (25) comprueba que los abusos son más frecuentes entre los menores de hasta 13 años (14, 9%) y menos frecuentes entre los/as jóvenes de edades comprendidas entre los 13 y los 18 años (3%).

Otros estudios confirman también la proporción significativamente mayor de niñas implicadas como víctimas en las situaciones de abusos sexuales, así dos investigaciones llevadas a cabo con 33 delincuentes sexuales condenados por abusos sexuales contra menores en Cataluña y Valencia, constatan que el 75.7 % de las víctimas fueron niñas y el 24.3 % niños.

En la misma línea, una investigación llevada a cabo con 593 sujetos atendidos por la Asociación FADA (31), que ofrece asesoramiento, atención y formación especializada en el tema del abuso sexual en la infancia, durante el año 2005, pone de relieve que 93 consultas se refirieron a niños y 500 a niñas.

Sin embargo, aunque el perfil de la víctima corresponda mayoritariamente al sexo femenino, no podemos olvidar el, para nada despreciable, porcentaje de casos de abusos sexuales a niños que, en muchos casos, es escasamente identificado.

Además, este menor porcentaje de niños víctimas de abusos sexuales podría ser debido a varias hipótesis, tales como no reconocerse a sí mismos como víctimas de abuso sexual y no contar lo sucedido a los adultos/as, aceptando el hecho de mantener relaciones sexuales con mujeres adultas como una forma positiva de ejercer la “masculinidad”; o por el contrario, sí reconocerse como víctimas de abuso sexual, siendo más reacios a denunciarlo en el entorno próximo por miedo a ser etiquetados como homosexuales, cuando el agresor es un hombre, o como “poco hombres”, al solicitar ayuda cuando el abuso fue ejercido por una mujer (31), de forma que nunca salga a la luz la situación de abuso; lo que pone de relieve la influencia de los estereotipos y roles de género en la forma de afrontar el abuso sexual.

En cuanto al perfil del agresor/a, con respecto al sexo se constata que los varones están significativamente más implicados como agresores en los abusos sexuales a menores, con unos porcentajes que oscilan entre el 80% y el 92%, especialmente cuando las víctimas son niñas (32).

No obstante, según Rathus, Nevid y Ficher-Rathus (38) el número de mujeres implicadas como agresoras en abusos sexuales podría ser mayor del que se cree, ya que estaría oculto bajo las creencias de una sociedad que otorga a las mujeres un rango mucho más amplio de contacto físico con los niños/as, de acuerdo a los estereotipos y roles de género de la feminidad.

En este sentido, en el citado estudio llevado a cabo con estudiantes universitarios catalanes/as (25) se pone de manifiesto que cuando la agresora es una mujer la víctima suele ser mayor de 12 años.

Por otra parte, en la investigación realizada en la Asociación FADA (31), se constata que la mayoría de agresores/as pertenecen al entorno cercano de la víctima: figuras paternas (38,04%), miembros de la familia extensa (29,19%) o conocidos de la víctima (17,70%); premisa que se pone de relieve en otros estudios, tanto a nivel nacional (39, 40) como internacional.

En este línea se han identificado diferencias significativas en cuanto al tipo de agresor y el sexo de la víctima, con una mayor frecuencia de agresores intrafamiliares, fundamentalmente con el rol de figura paterna, en el caso de las mujeres, y de agresores desconocidos en el caso de los niños víctimas de abuso sexual (42). Por el contrario, otros estudios no corroboran estas premisas.

De igual modo, en la tesis doctoral de Pereda (25) también se han establecido diferencias significativas en función a la edad de víctima, de modo que en las víctimas menores de 13 años el agresor/a acostumbra a ser un conocido, siendo un familiar en el 45,7% de las mujeres agredidas y de un 23,7% en el caso de los hombres -un 6,7% y un 2,6% de los casos respectivamente corresponde al padre, madre o cuidador/a-.

El porcentaje de agresores/a desconocidos en esta franja de edad es del 23,7% en el caso de los varones y del 29, 3% en el caso de las mujeres. A partir de los 13 años y hasta la mayoría de edad, aumenta el número de casos en los que el agresor/a es desconocido, siendo del 54,5% en el caso de los hombres y de un 20% en el de las mujeres.

Otro aspecto a tener en cuenta es que normalmente, quien abusa es una sola persona, pero a veces puede ser un grupo, tal como varios miembros de la misma familia. Además los y las menores pueden sufrir abusos de distintas personas en distintos períodos de sus vidas (13).

En relación a la edad del agresor/a, se comprueba que, mayoritariamente, abarca un rango de los 30 a los 50 años (21, 36). Sin embargo, también hay adolescentes y jóvenes, incluso menores, que lo hacen (44), en muchos casos reproduciendo su propia victimización (38). En esta línea, en el estudio nacional de López et al (21), se constata que un 15% de los agresores/as sexuales infantiles son menores de 20 años.

 

HAZTE OIR Y HAZ DEPORTE CONTRA EL ABUSO INFANTIL

En Icev organizamos jornadas familiares en las que organizamos salidas con padres y niños en bicicleta, en las que aprovechamos para reivindicar a nivel institucional una mayor protección a todos los menores que sufren este terrible problema. Nuestra misión es sensibilizar a las instituciones con la creación de un marco legal que permita reintegrar en la sociedad a los niños vícitmas del abuso con el menor número de secuelas posible.