23

Violencia doméstica en la cárcel

La vida en una institución “total” como lo es un establecimiento carcelario no parece anular del todo el escenario de la vida en libertad. No solo éste último está siempre como telón de fondo, al que en algún momento hay que regresar sino que se introduce dentro mismo de lo que parecía que definía a la cárcel como un lugar donde solo ingresa lo que selectivamente (y a veces al libre arbitrio del personal administrativo) se permite (lugar de secuestro).

El corte extremo con la vida anterior no pareció ser real a pesar de las abundantes descripciones de la llamada “cultura carcelaria” o “cultura tumbera” donde nadie tendría acceso salvo aquellos que la integran. 4 Por ende, la prisión ha dejado, si alguna vez lo fue, un absoluto auto- referencial.

Tanto es así que la violencia doméstica se pretende afiliarla al ámbito privado como excusa para no actuar con políticas sociales de prevención, siendo ya una cuestión de salud pública, logra montarse en un escenario que no solo es público sino represivo en cuanto al control formal que sobre él se ejerce. Parece habérselas ingeniado para desplegarse con toda su brutalidad pero a la vez, para pasar desapercibido en un espacio estrictamente vigilado.

La cárcel es una falsa esperanza de libertad

Las mujeres presas por haber matado a su marido golpeador en situaciones de violencia doméstica sienten que la cárcel brinda un espacio paradojal de “libertad”, ya que por más difícil sea la vida cotidiana en el encierro, al menos están a salvo de ese hombre.

violencia domestica en la carcelLa vivencia del terror de la violencia doméstica parece no sentirse comparable con la violencia institucional, ni con la convivencia forzada y conflictiva con las demás internas. “Qué más me van a poder hacer si yo ya lo he sufrido todo” es una frase, que más o menos dicha en estos términos, suele ser común en mujeres que han sobrevivido, matando, a un hombre golpeador. En estos casos, y solo en estos, la reclusión es un período de “descanso”, donde se van generando sentidos posibles a lo que les ocurrió y en la mejor de las situaciones, herramientas, cognoscitivas y operativas, para evitar volver al mismo sitio.

Como se sabe, estas auto- promesas de liberarse de la violencia doméstica suelen terminar en el fracaso, ya que una vez en libertad, y sin haber logrado reconocer quiénes son ellas, para saber por qué les pasa, vuelven a situaciones similares o peores.

 

Vivir con la sombra d ela violencia doméstica

Las mujeres víctimas de violencia doméstica ingresan a las cárceles con un legado del que ya no podrán desistir.

No solo el hecho de que pudieron haber matado a su pareja golpeadora, sino que se han socializado en formas violentas de comunicación adquiriendo, ellas mismas, modelos de relacionarse con los demás que enfatizan los aspectos conflictivos antes que los que puedan llevar a un camino de mayor flexibilidad de puntos de vista y, entonces, de aceptación si se quiere lenta y limitada de otras perspectivas de su propia vida, la de sus hijos y las del futuro de todos ellos.

La literatura científica, como dijimos, intenta poner el énfasis en el delito femenino como la última etapa de un proceso ascendente de violencia que culmina cuando, faltante de opciones y ayudas externas, la situación se torna más que simple: “él o yo”. Carente de cualquier otra perspectiva que no sea salvar su propia vida, y también la de sus hijos, la única instancia a la mano parece ser la de dar muerte a quien ya la ha sometido a todo tipo de humillaciones y afrentas.

La violencia del compañero abusador pudo haberse expresado en todos sus aspectos: psicológica, sexual, física y que pueden resumirse en la pérdida de la autonomía y de la libre decisión. En esta escena, los niños han estado presentes; ya sea como observadores involuntarios pero activos o bien como objetos de, ellos mismos, de violencia.

Las historias de vida de estas mujeres son parecidas, han transcurrido por una socialización que ha tenido a la violencia como fuente de todas sus relaciones parentales y, luego, sociales. Han sido sometidas desde la infancia y no hay un mundo en que ellas puedan imaginarse viviendo sin alguien que les humille y que las provoque hasta, quizá, un estallido final.

El contexto del abuso ha permanecido durante toda su vida, y solo han cambiado los personajes que lo han ejercido: padres, padrastros, hermanos, amigos, novios, esposos, vecinos, ocasionales compañeros sentimentales y hasta sus propios hijos. Nadie ha retaceado, en sus vidas, la posibilidad de someterlas y, de una forma no del todo clara para ellas, dominarlas.

Y quizá haya estado en primer lugar la figura de la propia madre. Actuando por su cuenta, o aliada voluntaria o involuntariamente a la dictadura del hombre en el ámbito doméstico, una madre que invierte el sentido que se busca en ella y que no se encuentra o, más bien expresa lo contrario, ahonda en forma contundente (¿definitiva?) la posibilidad de una niña para conformar una identidad independiente y con capacidad crítica.

En este sentido, puede decirse que en muchos casos de mujeres con esta historia que ingresan a la cárcel a cumplir una pena privativa de la libertad, no pueden desligarse, poner entre paréntesis o dejar en ese afuera el sufrimiento acaecido; al contrario, ya es parte de un sí mismo, que con base a la denegación persistente y creciente de las posibilidades de independencia y libre decisión sobre sus vidas, se ha vuelto carente y demandante.

Desligarse de la violencia doméstica es una salida casi infranqueable

Los aparentemente infranqueables muros (materiales y simbólicos) de una cárcel parecen volverse espuma cuando de violencia doméstica se trata. Y, entonces, se inicia una pesadilla que es aún peor, si se permite esta expresión, por la cual han sido castigadas.

En estos casos, las parejas golpeadoras han sobrevivido o bien son los hijos de ella, quienes han sufrido daños graves o han fallecido. Se las condena porque, según el criterio de la justicia penal, hay actuado por omisión, ya sea por “abandono de persona” o por “homicidio” además de haber soportado una historia de vida difícil de creer aún para ellas mismas, han tenido la pérdida de alguno de sus hijos.

Casi al mismo tiempo, inician su recorrido en el sistema de justicia penal, siendo lanzadas a una institución que las recibe de la peor manera posible e iniciando un desconocido e intrincado camino de ella. Violencia, muerte o daño grave o permanente de sus hijos, cárcel y procesos penales se combinan para que una mujer, con un pasado plagado de obstáculos, con casi ninguna persona con quien contar o confiar, sin apoyos del Estado (legales y psicológicos, al menos) tenga que afrontar, sola y con dificultades para percibir la gravedad de su situación, esta nueva etapa de su vida de cuyas consecuencias saldrá, casi seguro, en peores condiciones.

La idea de una “marginalidad múltiple” como construcción acumulativa (19) se patentiza en la ampliación del espectro de la violencia que tienen que soportar: la doméstica previa, la institucional carcelaria y del sistema penal, la de sus compañeras de encierro, y la violencia doméstica expresada, en forma paradójica, dentro de la propia prisión.

El contexto del abuso no tendrá fin; porque no pueden concebir su vida fuera de él, sea como esté definido en cada etapa de su vida; y ahora, en el ámbito carcelario. Desandar un camino solidificado y donde encuentran puntos de referencia en los que se reconocen como ellas mismas, ha dado una forma consistente a un estilo de vida que no se concibe sin violencia, o, siquiera con menos violencia.

En este punto hay dos escenarios excluyentes entre sí: quienes han matado a los golpeadores y no pueden percibir el cambio producido, y siguen en un estado permanente de alerta, ya sea en la vigilia o en sueños, donde vuelve a aparecer, tardando años en lograr una aceptación de que ya esa persona no puede hacerles daño; y aquellas en donde el golpeador visita o se hace presente diariamente y, como dijimos, es el punto de referencia de que siguen siendo ellas mismas, a pesar de todo.

En más de una ocasión, cuando están en alguna salida desean visitar la tumba para asegurarse de que el golpeador está muerto y que ya no les puede hacer daño ni a ella ni a sus hijos. De ninguna manera, aún así, sienten alivio porque temen por el futuro de sus hijos cuando sean padres, o cuando ellas, ya en libertad, vuelvan a “elegir” una pareja que resultará, y ellas lo saben, golpeadora.