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PSIQUIATRIZACIÓN DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO:

Perspectiva psicológica de la violencia de género

Como cada año, a lo largo del periodo estival, se han sucedido las noticias sobre lo que venimos denominando violencia de género y, cada vez con más frecuencia, “violencia machista”.

En el enfoque científico de cualquier tema se suele describir un problema, se define y posteriormente tratamos de cuantificarlo. Cuál es el problema, qué es la violencia de género, no parece constituir actualmente un asunto a debatir.

Ahora impera la estadística, en las noticias que aparecen en los medios se cuenta y se recuenta. Y también se añade algún dato a la par que se pone cara de sorpresa: “en las últimas cinco agresiones no había antecedentes de malos tratos, no había denuncia”, oíamos en una cadena televisiva en horario de noticias de máxima audiencia.

psiquiatrizacion de la violencia de generoComo tantas veces, al fin, contar en una doble acepción: numerar o computar y referir un suceso. Desde el año 2000 al 2004 la violencia de género aumentó en casi un 150% y según algún autor1 padecen este tipo de violencia cerca de dos millones de mujeres, mayores de edad, en España. Desde el año 2002 son más de 40000 las agresiones que cada año se producen contra las mujeres por parte de sus parejas o exparejas.

Por seguir con cifras, cabe añadir que muchas denuncias son retiradas, muchas veces no hay denuncias y las muertes a manos de los asesinos acontecen mayoritariamente cuando aún existe convivencia. La mayoría de las fallecidas se sitúa en los 30-40 años de edad y en más del 50% el maltratador suele ser la primera pareja de la mujer.

Buscando una explicación

La psicología y la psiquiatría siempre han tratado de dar una explicación al hecho de la violencia, de la agresividad humana. La agresividad existe en el ser humano, es elemento fundamental de su conducta y aparece muy tempranamente, en edad infantil. Cualquier “animal social” presenta conductas agresivas de distinto tipo según la finalidad. Así, en 1966, se describían algunas “modalidades de agresividad”: predatoria, competitiva, de defensa del territorio, irritativa, de protección de la prole o instrumental (asegurar la comida o, por ejemplo, la pareja sexual). ¿Es la aniquilación del enemigo una forma de agresividad específicamente humana? ¿Se contempla, en la violencia machista, a la mujer como un enemigo que hay que destruir?

Si atendemos a comentarios como el mencionado, enfatizando el hecho que en muchos casos no hay antecedentes o denuncias (que necesariamente no han de ser lo mismo), se nos plantea la dificultad inherente a la predicción de la violencia de género. Se ha dicho que el consumo excesivo de alcohol, los antecedentes de actos violentos y el antecedente de malos tratos en la infancia son predictores importantes de la conducta violenta.

Tal vez, durante mucho tiempo, ha primado la idea de que una persona violenta ha de padecer, forzosamente, algún tipo de trastorno o enfermedad. El alcohol, otras drogas, una infancia dura, por citar ejemplos, explicarían la conducta violenta enmarcándola en algún síndrome o enfermedad (o trastorno como hoy gusta más decir).

Pero en el caso de la violencia machista la historia cultural del ser humano contradice esta propuesta. El sistema de valores tradicional que asigna al hombre autonomía, control y posesión dan lugar a un modelo androcéntrico, patriarcal, sobre el que se gesta la violencia de género, sutil o escandalosa, fuente de noticia o no. La conducta violenta machista aspira a perpetuar una situación de desigualdad, que el violento necesita como forma de identidad en la relación.

En cuanto a la mujer agredida también suelen invocarse “razones” que explican algo frente a lo que muchas veces se pone cara de asombro a la vez que surge la pregunta: ¿cómo pueden aguantar semejante trato? Decir que la mujer que aguanta vejaciones y humillaciones es, por ejemplo, masoquista supone un desconocimiento del término y no merece mayor comentario.

Basta decir que la mujer maltratada ni desea ni pacta el dolor, el sufrimiento. A veces se recurre a la maliciosa insinuación de señalar que no será para tanto, pues de lo contrario no aguantaría con su pareja. Tampoco aquí vale la pena comentario alguno. En la misma línea se sitúa la opinión de que el maltrato continúa porque la mujer no cambia de conducta. Lo que queda patente en este caso, como en el anterior, es que la responsabilidad de la agresión se diluye y acaba enfocándose en las actitudes de la agredida.

En un punto más allá de la malicia se sitúa la tesis que sostiene que la mujer es quien provoca la conducta violenta de su pareja: contestar de mala manera, llevar una falda determinada o, tal vez, moverse de modo insinuante, podrían “explicar” la violencia machista. De nuevo es la agredida la responsable (al menos en parte, dirían quienes sostienen semejantes argumentos) de la violencia desatada e irresistible del hombre.

ESCASA EVOLUCIÓN EN LOS PLANTEAMIENTOS

Dos años después, la invocación a los problemas psiquiátricos de los violentos, de un modo u otro, sigue siendo, en muchas ocasiones, el centro de análisis de los sucesos informados. Se sigue haciendo referencia a adicciones, alcoholismo, problemas, trastornos, tratamientos, etc.

Como decíamos en otro lugar (Jáuregui, 2007) hay una cierta tendencia a presentar los sucesos relacionados con la violencia de género de un modo que parece alejarlos de nuestro devenir cotidiano. Siempre se apela a la nacionalidad del agresor, a su patología, a sus estados pasionales o a la brutalidad de la acción, muchas veces recreándose en detalles macabros, morbosos, que todavía ponen más espacio entre el lector de la noticia y el fenómeno de la violencia de género.

La distancia provoca un cierto alivio y hace poco probable que en el entorno cercano del lector puedan suceder hechos similares a los narrados en las noticias. Es como si para sufrir una agresión machista hubiéramos de toparnos con un extranjero, alcoholizado, de mal ambiente, brutal, enfermo… Al fin y al cabo es la idea que puede llegar al profano tras la lectura de la prensa o la escucha de noticias en otros medios.

En este sentido, basta con ver algunos ejemplos recientes que siguen la línea de presentación de lo que leíamos hace dos años. Así por, ejemplo, en el diario ABC (27- 03-2007) vemos en un titular: Un hombre degüella a su mujer en Castellón y luego intenta suicidarse.

En el cuerpo de la noticia se señala que la mujer, de 36 años, ha fallecido degollada y posteriormente él ha intentado suicidarse de la misma forma.

En algunas ocasiones se niega la existencia de patología de tal modo que para el lector profano lo que parece quedar claro es que el violento es un enfermo. En el siguiente ejemplo el uso de “pero”, equivalente a sin embargo en la frase, parece recordarnos que en su origen (per hoc) es donde encontramos la explicación por la que el lector puede acabar convencido de que el violento es, efectivamente, un enfermo. En la noticia (ABC, 27-06-2007) leemos:

La sesión de ayer incluyó la declaración de un psiquiatra y un psicólogo, ambos propuestos por la defensa de «Quique», a quien definieron como «inmaduro, débil, tendente a la frustración, contradictorio y algo impulsivo», pero sin muestras de patología alguna

Como hemos dicho, en su origen latino, per hoc significaba “por esto” o “por lo tanto”. De este modo alguien inmaduro, débil, tendente a la frustración, contradictorio y algo impulsivo es más que probable que ante el lector “parezca” un enfermo o, al menos, no parezca muy sano. En esta otra noticia (ABC, 12-08-2007) aparece el alcohol y, a la vez, cierta responsabilidad dirigida hacia la agredida por “aguantar” la situación. Aquí, el uso de “sin embargo” apunta en dicha dirección:

-Según indicó la Policía Local, media hora antes de producirse el incendio, una patrulla se había personado en la vivienda por una fuerte dsi cusión entre el matrimonio. La mujer comentó a la Policía que estaba harta de él, porque siempre llegaba borracho y la sometía a malos tratos. Sin embargo no había presentado denuncia formal por estos hechos.