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Aproximación etnográfica a la violencia doméstica

Las situaciones violentas son el producto de un proceso complejo y no el resultado de eventos aislados. En los enclaves en donde impera la desigualdad social, los contrastes se vuelven más evidentes y no es posible acercarse a una cabal comprensión del fenómeno sin antes explorar el entramado de múltiples marginalidades que lo constituyen

El presente artículo está centrado en reflexionar sobre cómo se vivencia aquello que se ha dado en llamar “violencia cotidiana”, en el interior de algunas familias que viven en un barrio pobre y marginal  y además, en discutir algunas líneas teóricas sobre el tema, basándose en dos estudios de caso, los que han sido analizados desde una perspectiva socioantropológica.

Al situar el foco de estudio en un micro nivel se persigue un doble propósito: por un lado, se intentan iluminar algunos aspectos de la violencia doméstica, en especial aquellos que por su relevancia abandonan el ámbito familiar y son expuestos en un espacio institucional; y por el otro lado, se muestran los dilemas que plantea la intervención social en un ámbito donde la desidia y el olvido del Estado se vuelven evidentes al simple observador.

Los fundamentos de la violencia

violencia domestica en barrios marginalesEs una realidad indiscutible que la violencia cotidiana ha penetrado en la vida de las personas que habitan gran parte de las ciudades de América Latina y Buenos Aires no constituye la excepción. Algunos sectores urbanos se hallan mucho más expuestos a ciertas formas de violencia, y es en los denominados barrios marginales donde todos los estudios parecen concordar que confluyen diversos factores que favorecen su desarrollo y a su vez, dentro de estos sitios, algunos grupos sociales tienen mayores riegos de verse involucrados en hechos violentos.

Philippe Bourgois destaca que para propósitos analíticos y para su mejor comprensión, las violencias pueden ser definidas en base a cuatro modalidades bien diferenciadas. La denominada violencia política comprende a la agresión física y al terror, impartidos por autoridades oficiales y sus opositores, se caracteriza por la represión militar, las torturas y a su vez por la resistencia armada a los mismos. “Se trata de la forma de violencia más presente en la historiografía y en la ciencia política, tradicionalmente reducida a sus aspectos más institucionalizados.

 

La falta de ingresos genera violencia de género

Por otra parte, la falta de ingresos y vivienda digna, como así también la falta de acceso a servicios sociales básicos y de protección, sumado a la corrupción estatal impacta más severamente al interior de los barrios marginalizados.

En consecuencia, algunos autores señalan que la violencia es fruto de las condiciones estructurales que prevalecen en la sociedad y sostienen que este tipo de violencia estructural favorece un tipo de violencia reactiva, tal como una respuesta violenta de ciertos individuos o grupos ante determinadas condiciones sociales teniendo como objetivo las trasformaciones socialesx o bien como lo han mostrado los movimientos de resistencia de raíces anticoloniales y también los de liberación católica y sus luchas por mejores opciones para los pobres.

En consecuencia, cuando se hace referencia a la violencia estructural se está puntualizando la opresión política y económica, crónicas y entrelazadas con avatares históricos e inequidad social que va desde la explotación económica a través de condiciones de trabajo abusivo hasta altas tasas de mortalidad infantil; este concepto también se utiliza en la actualidad en la antropología médica para dar cuenta de cómo la inequidad económica es causa de enfermedades y sufrimientos sociales.

A su vez, cuando determinados grupos sociales o individuos con más poder estigmatizan y discriminan a otros más vulnerables o bien les niegan el reconocimiento social a través de humillaciones internalizadas y legitimadas que van desde el sexismo y el racismo a expresiones de poder, invocando la clase o grupo social de pertenencia, nos encontramos ante un tipo de violencia denominada simbólica.

Este concepto fue ampliamente desarrollado por Pierre Bourdieu y contribuye a dar cuenta de cómo la dominación funciona en el más íntimo nivel ya que el individuo, al desconocer como operan las estructuras de dominación, se somete a las mismas y juzga el orden social imperante como natural y evidente.

A su vez, cuando determinados grupos sociales o individuos con más poder estigmatizan y discriminan a otros más vulnerables o bien les niegan el reconocimiento social a través de humillaciones internalizadas y legitimadas que van desde el sexismo y el racismo a expresiones de poder, invocando la clase o grupo social de pertenencia, nos encontramos ante un tipo de violencia denominada simbólica.

Este concepto fue ampliamente desarrollado por Pierre Bourdieu y contribuye a dar cuenta de cómo la dominación funciona en el más íntimo nivel ya que el individuo, al desconocer como operan las estructuras de dominación, se somete a las mismas y juzga el orden social imperante como natural y evidente.

Sin embargo, hay un tipo de violencia que ha cobrado mayor visibilidad y suscitado el interés de los científicos sociales en los últimos años y es la creciente violencia interpersonal y violencia física en las relaciones cara a cara. Nancy Scheper-Hughes utiliza el concepto violencia cotidiana para dar cuenta de los crímenes en época de paz, las pequeñas guerras y genocidios invisibles que se suceden entre las poblaciones pobres alrededor del mundo.

No obstante, la adaptación de esta noción realizada por Bourgois nos permite dar cuenta de las prácticas y expresiones rutinarias de agresiones interpersonales que establecen a la violencia en un micro nivel, tal como es el doméstico, la delincuencia y los conflictos sexuales y aún los abusos de drogas, tornándolas habituales; además contribuye a focalizar el análisis en cómo se experimenta y percibe la “normalización de la violencia” tanto en las esferas privadas como en las públicas y no en considerarla como un simple producto de la violencia política o de la violencia simbólica.

Esto de ninguna manera significa ignorar o dejar de lado las consecuencias acaecidas por la violencia estructural, institucional o simbólica, ya que son justamente estas relaciones las que nos permiten profundizar en la comprensión del entramado social.

 

Los procesos de la violencia

Entender a la violencia como un complejo proceso en lugar de un conjunto de eventos discretos, no implica dejar de lado los hechos y sucesos particulares que nos permiten acercarnos a comprender determinadas situaciones.

Tampoco se pretende generalizar en toda una comunidad un tipo de comportamiento o de interacción determinado, sino que se intentan iluminar ciertos aspectos de los procesos sociales que contribuyen a desencadenar situaciones violentas y que pueden propiciar una cierta “normalización de la violencia”. En el contexto de un enclave como es El Talar, al igual que en muchos otros lugares, las situaciones violentas no se circunscriben exclusivamente a las calles del barrio.

También nos encontramos con otro tipo de interacción violenta que se da en un ámbito mucho más privado como es el doméstico o familiar. Si bien no es posible sostener que la violencia doméstica sea un fenómeno exclusivo de los sectores pobres y bien se puede suponer que puede tener expresiones similares en sectores medios o altos de la población, evidentemente no se pueden establecer comparaciones, ya que no existen certezas o estadísticas confiables para poder afirmar o desmentir esta hipótesis, al menos en el ámbito local.

De todas maneras, en un lugar marginal como es El Talar, este fenómeno era en ese entonces una fuente recurrente de consultas de los vecinos a lugares en donde les brindaban alguna ayuda al respecto, como por ejemplo al Servicio Social del Centro de Salud.

Como bien explicó oportunamente un interlocutor, quizás en el barrio se veían tantas situaciones violentas porque allí todos estaban más expuestos y resultaba más difícil ocultar los conflictos, dada la precariedad y proximidad en la que vivían.

La confluencia de la violencia callejera con la doméstica produce en el observador externo la impresión de que se halla inmerso en un mundo en donde ésta atraviesa y de alguna manera domina las relaciones interpersonales cotidianas, por lo que resulta significativo entender cómo estos eventos violentos se incorporan en la estructura temporal de las relaciones y pasan a formar parte de la cotidianeidad.

Estos hechos transforman no sólo la forma de vida de las personas que los ocasionan y los padecen, sino también de aquellos que intentan mediar o intervenir en estas relaciones, teniendo en cuenta también que la violencia social puede cobrar distintas formas y dinámicas dependiendo de su contexto